jueves, 4 de mayo de 2017

Esperando a los colectivos

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

Constantino Kavafis

Me tocó atravesar Caracas a pie para llegar a la marcha en conmemoración del 1° de Mayo. Descanso en un sencillo y grato café ubicado en la Av. Roosevelt, frente a la Plaza Tiuna. Un grupo de abuelos juega una silenciosa partida de dominó en la terracita techada, el típico sonido de las piedras es ahogado por un paño grueso sobre la mesa verde. Pido un marrón fuerte y me siento en una esquina. La vista de la plaza es magnífica con su alto follaje y su estatua imponente mirando justo hacia aquel pequeño negocio familiar. La mañana es bastante fría, aún cuando son mas de las 10:00 a.m.

La apacible escena es trastocada por la irrupción de una señora que viste bluyin, chemisse blanca y gorra negra. La sigue un muchacho de franela amarilla que dice USB en un costado. Llegan al mostrador, ella gira y suelta las aterradoras palabras del guión: ¡Vienen los colectivos! Pero nada pasa, el inmutable silencio es acariciado por otra voz apenas audible: un marroncito claro ahí. Ella insiste en que vienen los colectivos, como una especie de solución final, como el lobo del cuento, como los bárbaros de Kavafis.
La impavidez de la silente partida de dominó se impone. No obstante, algo se aproxima en forma de inexorable masa arrolladora. La profecía autocumplida parece materializarse tornándose en pancartas, banderas y consignas desde la avenida Los Símbolos, subiendo por la Roosevelt. Los fascinados ojos de la pitonisa se complacen en el augurio del desastre temido y a la vez deseado.
El anciano jefe del pequeño negocio manda, cauteloso, a bajar la santamaría. Los septuagenarios paran la partida en seco. El señor de la barra se apura a cobrarme el café bajo el encapotado cielo de una inminencia indecible; la madre, que despachaba empanadas se repliega al fondo del negocio familiar; la hija detiene un crucigrama que llenaba en el mostrador.
La agorera mirada de la mujer lanza un satisfecho se los dije. Apuro mi café. Nada que hacer, el Apocalipsis ha llegado. Todos, expectantes, están de pie sobre el gastado mosaico de granito blanco y verde. ¿Pensarán, en  serio, que al invocar cinematográficamente a eso que llaman los colectivos, se provocará la chispa que enciende El Prado de María, chamuscando a su vez La Bandera, El Helicoide y todo el país?
Pero el desenlace no obedece al anhelante designio de destrucción. Sin reparar en nuestra presencia una nutrida manifestación roja rojita, pasa alegre y risueña ante la majestuosidad pétrea del cacique Tiuna. Reabren el cafetín y se retoma la partida de dominó. La madre se dispone a peinar la hermosa cabellera de la hija un poco más allá, donde un blando rayo de sol anida. Poco antes había comentado con la perspicacia de las lecturas maternas: en esa marcha no se hablará de colectivos, ni nada de eso ¡Mira! hasta coches con bebé tienen. Una no lleva niños a una concentración donde habrá violencia.
Sombría y callada, la sibilina mujer de impoluta chemisse Lacoste y gorra oscura se escurre por donde vino, con el muchacho de franela amarilla oliéndole los pasos ¿qué va a ser ahora de nosotros sin los colectivos? parecen mascullar para sus adentros. La respuesta llega al atardecer, el presidente Maduro anuncia en multitudinaria concentración, una constituyente de paz, popular y ciudadana.

Rúkleman Soto
Mayo, 2017

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